La escarcha roja de la aurora

Amanecer de un veinticinco de diciembre bajo la escarcha roja. Todos duermen aún y aprovecho estos breves instantes, de soledad buscada en esta mañana anticipada, para subir hacia la colina más alta. Momentos para la soledad necesaria como alimento del alma… Hoy el alba utiliza pinceles rojos que se adivinan lentamente por el este, y la mañana promete regalarme uno de sus mejores cuadros: el amanecer rojizo de la escarcha.

Sonidos ausentes de una fauna que habrá de comenzar a bostezar en unos pocos minutos… Después será una explosión de córvidos, águilas, y esa variedad enorme de volátiles… Estamos en invierno y la familia de insectos y reptiles ya hace tiempo que aletargaron la vida esperando la futura primavera. Todo duerme ahora… Sólo mis pasos, la tenue luz y el silencio de la escarcha.

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Me detengo y busco acomodo en una piedra redondeada y suave. Está fría, pero me resulta de lo más acogedora: el calor lo llevo dentro y no hay helada capaz de distraerme un instante de todo aquello que me regala la aurora. Y me siento en conexión con todo aquello que me rodea. La luz teñida del amanecer impregna ahora este instante y me llena por completo. Soy parte de este cuadro efímero y bello…

Poco a poco el sol va haciéndose presente y al otro lado de la colina, en su profundo valle de bosque y de piedra, las neblinas irán disipándose con su fuerza y su presencia. Veladuras de la naturaleza que conforman estos paisajes de soledades, música y belleza.

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La escarcha brilla en las hojas rojizas de las enredaderas. Se resisten a la helada con esas tonalidades en su vehemente trepar por las ancianas medianeras de fría piedra. Subo un poco más porque quiero fundirme también un instante entre esas nieblas. Me detengo un momento y, sin quererlo, comienzo a soñar con todos mis ancestros.

Bosque de Encinas, Quejigos y otros Quercus difuminándose en las nieblas del mundo que espera las caricias del astro iluminado… Un zorro distraído se para, me descubre y me mira asombrado. Ambos nos quedamos quietos y nos reconocemos un instante a través de la mirada curiosa y afable. Lentamente se gira y continúa su pausado caminar hacia la espesura del bosque y su neblina. Y de nuevo el silencio…

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A lo lejos, sobre una piedra en equilibrio perpetuo, advierto la silueta de un buitre leonado. Desde ahí arriba escudriña el valle, mientras espera, paciente, el calor de ese sol que dará vida a sus alas. Es el rey de las alturas y un gran experto en las corrientes invisibles del aire… Pero ahora somos como dos hermanos atalayando las profundidades del valle y su estructura. Ya está muy cercana la calidez que renovará la luz y el color a la mañana.

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11 comentarios en “La escarcha roja de la aurora

  1. Qué belleza! Tus palabras inspiran el paisaje y la luz, los sonidos, las aves, el invierno de la Navidad verdadera en la naturaleza, donde siempre es fiesta, donde no hay tiendas, ni colas, ni compras de última hora, Donde todo es real. Gracias amigo por tanta belleza, gracias por un relato de navidad que llega al corazón.♥

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    1. Muchas gracias a ti por detenerte un momento entre estas líneas. Y también por tus palabras y mucho más. Éstas son un aliciente para seguir escribiendo 🙂

      Que tengáis tú y los tuyos unos bonitos días. Un abrazo! 🙂🥂

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